El juicio con jurado por el asesinato del canónigo emérito de la Catedral de València ha arrancado con el testimonio del portero del edificio, quien ha afirmado que era muy frecuente la entrada de chicos a la vivienda del sacerdote.
Según su relato, la mayoría eran personas muy necesitadas y algunos presentaban problemas de adicción, un trasiego que describió como constante en el inmueble situado en la calle Avellanas, en pleno centro histórico.
Incidentes puntuales
El conserje ha detallado que esos jóvenes, a veces decaídos, subían con asiduidad al piso del religioso. Ha añadido que presenció incidentes puntuales, como el de un joven que bajó por las escaleras gritando que iba a denunciar al sacerdote por un intento de propasarse.
Según dijo, como creyente le resultaba una situación dolorosa y repugnante, y calificó el carácter del canónigo como complicado. También aseguró que, en ocasiones, el sacerdote dejaba a algunos jóvenes encerrados en la vivienda.
Posturas enfrentadas
La Fiscalía sostiene que el acusado mantenía una relación de amistad desde hacía meses con el canónigo y que facilitó la entrada al autor material del crimen, aún no identificado. A juicio del ministerio público, hay indicios de una participación directa, eficaz y decisiva en los hechos, por lo que lo considera coautor o partícipe necesario.
Por estos hechos, solicita veinte años de prisión por asesinato, cinco por robo con violencia y tres por un delito continuado de estafa.
La defensa, por su parte, señala que no existe ninguna huella, rastro de ADN ni imágenes del acusado en las cámaras de seguridad que visionó la Policía. Tampoco hay testigos que lo situaran entrando o saliendo esa noche del edificio. El letrado subraya que la ausencia de esos indicios impide vincularlo con la muerte y que, en realidad, los hechos solo encajarían en un delito de estafa continuada.
Uso fraudulenta de la tarjeta bancaria
En su declaración judicial, el acusado reconoció haber usado de forma fraudulenta la tarjeta bancaria del canónigo: realizó cuatro reintegros en un cajero, dos de 300 euros y otros dos de 600, por un total de 1.800 euros, de los que 875 le fueron intervenidos por la Policía. También efectuó compras y consumiciones por 527 euros, de modo que el total defraudado ascendería a 2.327 euros. Con estos mimbres, la defensa pide un año de cárcel por estafa y, en responsabilidad civil, 1.452 euros de indemnización a la familia del sacerdote.
Los mensajes y el hallazgo del cuerpo
El conserje ha explicado que, a primera hora de la mañana siguiente al crimen, recibió un mensaje desde el móvil del canónigo en el que se le comunicaba una ausencia hasta el fin de semana. Le extrañó la forma en que estaba escrito. Sobre las 12:15, un amigo de confianza del sacerdote acudió preocupado porque no conseguía localizarlo.
Ambos subieron, llamaron a la puerta y, al entrar, encontraron al canónigo de 79 años tumbado boca arriba en la cama, con el lecho revuelto como de haberse usado. Los dos sufrieron un ataque de nervios ante la escena.
Poco después, el portero recibió un segundo mensaje desde ese mismo teléfono con la pregunta: ¿Miguel, está todo bien? Acto seguido llamaron a emergencias, aunque no recuerda si al 112 o al 091. La secuencia de mensajes, enviados después del hallazgo del cadáver, añadió extrañeza a unos hechos que ya estaban bajo investigación.
Conocía al acusado de vista
El portero ha precisado que conocía al acusado de vista, por haberlo visto en el edificio dos o tres veces como máximo, y que no le despertó sospechas en esos encuentros. Según ha indicado, su testimonio se circunscribe a lo que observó en el inmueble y al contexto previo al crimen, marcado por un flujo habitual de jóvenes hacia el piso del sacerdote.
La vista oral se ha iniciado en la Audiencia Provincial de Valencia y está previsto que se prolongue hasta el 3 de febrero, con el jurado siguiendo las sesiones y las partes exponiendo sus tesis en las próximas jornadas.

