La menstruación sigue condicionando la vida cotidiana de las mujeres, con cambios en la rutina, en la forma de vestir y en la participación social durante esos días. Un estudio realizado en España con más de 4.000 participantes concluye que solo el 15,4 % mantiene su actividad diaria sin cambios, mientras que el resto adapta su comportamiento por el dolor, por sangrados abundantes o para evitar situaciones de incomodidad o exposición.
La investigación, liderada por el Instituto INGENIO (centro mixto de la Universitat Politècnica de València y el CSIC), analiza cómo el estigma menstrual influye en el bienestar, la participación y las relaciones cotidianas. Entre las estrategias más frecuentes declaradas por las participantes figuran evitar ciertos tipos de ropa (36 %), evitar prendas blancas (48 %), reducir la práctica deportiva (21 %) o limitar actividades como nadar o ir a la playa (22 %).
Más allá de los síntomas físicos, el trabajo apunta a factores sociales que también pesan en las decisiones diarias. La ansiedad ante posibles manchas, la falta de espacios adecuados o el temor a reacciones negativas del entorno aparecen como elementos que reflejan la persistencia de normas sociales que empujan a “gestionar” la menstruación con discreción y silencio.

Impacto en el trabajo y los estudios
En el ámbito educativo y laboral, muchas participantes describen haber acudido a clase o al trabajo pese a experimentar dolor intenso, náuseas o fatiga. Otras, en cambio, señalan que han faltado en alguna ocasión por síntomas menstruales. En concreto, el 41 % declara haber faltado alguna vez por molestias como dolor, náuseas o vómitos, mientras que un 44 % afirma no haberlo hecho nunca.
El estudio recoge testimonios que vinculan esa decisión de “aguantar” con el miedo a consecuencias en el empleo o con la preocupación por la imagen profesional. En ese contexto, la investigadora Sara Sánchez-López apunta que «A menudo, el malestar menstrual no se reconoce como una necesidad legítima de apoyo, sino como algo que puede restar credibilidad. En un contexto donde la menstruación se ha usado para excluir a las mujeres de ciertos roles, mostrar vulnerabilidad puede percibirse como un riesgo colectivo».
Burlas, humillaciones y descrédito en la edad adulta
La investigación también describe experiencias de burla y situaciones de humillación relacionadas con la menstruación, situadas tanto en la adolescencia como en la vida adulta. Según exponen las autoras y autores, en etapas tempranas estas vivencias suelen aparecer en forma de comentarios o ridiculización por parte de compañeros de clase o amistades. En la edad adulta, en cambio, se reflejan con más frecuencia como rechazo o actitudes condescendientes en el entorno cercano, como parejas o compañeros de trabajo.
En esa línea, los resultados recogen respuestas que describen cómo la menstruación se ha utilizado para cuestionar o desacreditar emociones, decisiones o conflictos en contextos cotidianos, especialmente en el ámbito interpersonal o doméstico. La investigadora Rocío Poveda Bautista señala que «Estas situaciones refuerzan estereotipos que vinculan la menstruación con falta de control emocional o irracionalidad, lo que puede traducirse en una menor credibilidad».
Entornos comprensivos como factor protector
Junto a las barreras, el trabajo identifica factores que ayudan a reducir el impacto del estigma. El equipo del estudio subraya que contar con entornos comprensivos y flexibles —en el trabajo, la escuela o la familia— se asocia con una mayor participación y bienestar. En palabras de Santiago Moll López, «Las experiencias más positivas se asocian a contextos donde hablar de menstruación no genera incomodidad y donde se reconocen las necesidades físicas o emocionales vinculadas al ciclo».
El análisis concluye que la menstruación sigue siendo un factor relevante para la salud, la participación social y la equidad. A partir de los resultados, el equipo apunta a la necesidad de avanzar hacia entornos educativos, laborales y sanitarios más informados y sensibles a esta realidad.


