Fumar por la calle, llegar tarde a casa, ir de la mano con un chico o darse un beso en la última fila del cine bastaba para que una joven fuese encerrada en el Patronato de Protección a la Mujer, una institución franquista ubicada en pleno centro de València. Bajo la apariencia de centro de protección, funcionó durante más de cuatro décadas como un dispositivo de control social y moral sobre niñas y adolescentes.
Esta institución, impulsada por la dictadura y amparada por sectores de la Iglesia católica, quedó durante años sepultada en la memoria colectiva. Su historia comenzó a salir a la luz gracias al trabajo de investigadoras y supervivientes valencianas, que han reconstruido el alcance de aquella red de encierro y castigo a través de documentos dispersos y testimonios personales.
Las investigadoras María Palau y Marta García Carbonell, autoras del libro ‘Indignas hijas de su patria’, explican que durante más de 40 años miles de niñas y adolescentes de entre 16 y 25 años fueron privadas de libertad por transgredir el arquetipo único de mujer que imponía el franquismo en alianza con la Iglesia. No se trataba solo de sancionar delitos, sino de reprimir cualquier conducta que cuestionara la moral oficial: desde la forma de vestir hasta las amistades, pasando por la vida afectiva y la autonomía cotidiana.
El Patronato apareció en el camino de estas investigadoras cuando trabajaban en un reportaje sobre la cárcel de mujeres ubicada en el convento de Santa Clara. Al imaginar que sus propias madres podrían haber estado encerradas allí, tomaron conciencia de hasta qué punto acciones hoy cotidianas formaban parte del catálogo de conductas castigadas con el encierro en un convento. Esa toma de conciencia fue el punto de partida de una investigación prolongada.
En ese recorrido se toparon con tres grandes vacíos: la falta de difusión pública de lo sucedido, la ausencia o dispersión de archivos oficiales y la dificultad para recopilar testimonios. Subrayan que no es lo mismo que una mujer diga ‘yo estuve ahí’ que afirmar ‘yo también estuve ahí‘; en ese ‘también‘ se reconoce que existió una experiencia colectiva, compartida por muchas, que permite dimensionar el daño y el alcance del Patronato.
Encerrada en el Patronato con 19 años
Muchas mujeres ni siquiera sabían que habían pasado por una institución con nombre propio. Era el caso de Pilar Dasí, que durante toda su vida pensó que simplemente la habían internado en un convento de monjas y que, una vez salió, aquella etapa quedaba cerrada sin más explicación. Años después descubrió que formaba parte de la historia del Patronato de Protección a la Mujer.
Dasí fue una de esas niñas descritas como rebeldes y no normativas, jóvenes que, según explica, provocaban al franquismo cada día por fumar, llevar minifalda, ir al cine, llegar tarde a casa o tener amigos con el pelo largo. Ese conjunto de comportamientos, que hoy se asocian a la juventud y la búsqueda de identidad, se etiquetaba entonces como un desafío grave a lo establecido.
La presión social y el miedo al qué dirán funcionaban como motores del sistema. En el caso de Pilar, su madre, angustiada por la opinión de los vecinos, decidió comentar su conducta a una prima de Madrid que, según relata la familia, era policía del Patronato. Poco después, un sábado de 1970, tres agentes se presentaron en el trabajo de la joven, la esposaron y la trasladaron directamente al convento de Adoratrices Madre Sacramento, en la calle Hernán Cortés de València.
Con el tiempo, su hermana Neli le contó que su padre se enfadó profundamente e intentó sacarla de allí, pero ya no lo consiguió. Las investigadoras recuerdan que muchas familias eran engañadas: denunciaban a sus hijas creyendo que así corregirían su comportamiento y terminaban perdiendo la patria potestad. De este modo, la institución adquiría un control total sobre las jóvenes, debilitando los lazos familiares y reforzando la autoridad del Patronato.
El recuerdo de Pilar está marcado por la dureza del lugar. Habla de un ambiente sórdido, dominado por el color marrón oscuro, el silencio y una disciplina fría. Las duchas de agua helada y la comida escasa formaban parte de la rutina diaria. El plato habitual consistía en pan duro con un poco de aceite, pimentón, unos ajos y mucha agua, una comida que Dasí cocinó a su familia la primera noche que logró salir de aquella cárcel, como forma de mostrarles el castigo cotidiano al que había sido sometida.
Ella misma considera un enigma haber podido salir y reconoce que tuvo mucha suerte. Apenas cuatro meses después de su ingreso y cuando ya estaba internada en otro reformatorio de la avenida del Puerto, el abogado penalista Alberto García Esteve consiguió sacarla de allí. Su caso ilustra que, aunque existían algunas vías de salida, la regla general era la permanencia prolongada y el sometimiento a un rígido sistema disciplinario.
Un sistema de terror prolongado en el tiempo
En el Patronato se documentaron violaciones graves de derechos humanos, como el robo de bebés, los trabajos forzados y el control de la virginidad de las internas. Todo ello conformaba lo que ha sido descrito como un auténtico sistema de terror, una red institucional que utilizaba el miedo, la violencia física y psicológica y la culpa religiosa para disciplinar a las jóvenes.
Las investigadoras consideran que el Patronato se mantuvo activo hasta 1985 en gran medida porque aquellas niñas rebeldes, muchas repudiadas por sus familias, no le importaban a nadie. A medida que la sociedad avanzaba y las formas de vivir la juventud cambiaban, resultaba incómodo reconocer que un dispositivo así seguía funcionando. Mirar hacia esa realidad y admitir que continuaba operando mientras distintos gobiernos se sucedían generaba vergüenza institucional y favorecía el silencio.
La primera en arrojar luz sobre lo ocurrido fue Consuelo García del Cid, también superviviente del Patronato y considerada una pieza imprescindible en esta historia. Las activistas destacan que ha sido la persona que más ha trabajado para visibilizar estos hechos. Sus caminos se cruzaron de forma natural con los de María, Marta y Pilar, hasta el punto de que Dasí recuerda el día en que sonó el teléfono en su casa y era Consuelo, una llamada que describe como si la hubiese contactado alguien casi divino.
El año 2023 marcó un antes y un después en este camino de memoria y reconocimiento. Diversos productos culturales, como libros, investigaciones y proyectos audiovisuales, comenzaron a ver la luz y obligaron a que se generara una respuesta tanto mediática como desde la sociedad civil. Esa acumulación de relatos y miradas críticas abrió la puerta a una mayor incidencia política.
Las activistas destacan que la memoria de estas mujeres ha estado tutelada durante décadas y que las supervivientes del Patronato no habían importado hasta hace muy poco. Subrayan la relevancia de que Les Corts Valencianes sean, según señalan, el único parlamento autonómico donde se ha empezado a hablar y se sigue hablando de manera continuada sobre el Patronato, lo que ha permitido mantener el tema en la agenda pública.
Tras el acto de Petición de Perdón por parte de la CONFER, celebrado el 9 de junio de 2025, que las supervivientes rechazaron al considerar insuficiente y reclamaron verdad, justicia y reparación, Palau, García y Dasí valoran positivamente el reconocimiento del Estado y celebran lo conseguido. Entienden estos gestos como pasos necesarios para dignificar a las afectadas y situar su historia en el marco de la memoria democrática.
Sin embargo, insisten en que el proceso no puede quedar ahí. Reclaman la puesta en marcha y la conclusión de una subcomisión de la verdad sobre el Patronato de Protección a la Mujer, destinada a esclarecer responsabilidades y documentar de forma exhaustiva lo ocurrido. Piden también seguir ocupando espacios públicos con la memoria de las internas y que no se subvencione a las órdenes religiosas que, recuerdan, torturaron durante más de 40 años a miles de niñas. De este modo aspiran a que la memoria antes sepultada del Patronato forme parte estable del relato democrático y no vuelva a ser relegada al olvido.





