Ahorrar gas natural en plena escalada de precios por el bloqueo del estrecho de Ormuz y la guerra en Irán es posible si se combinan buenas decisiones técnicas relacionadas con el manejo y mantenimiento de los aparatos del hogar con cambios de hábitos en el día a día. En un contexto de incertidumbre energética similar al de la guerra de Ucrania, cada metro cúbico de gas que dejamos de consumir cuenta tanto para nuestro bolsillo como para la seguridad de suministro.
Un nuevo shock energético: Ormuz e Irán
El estrecho de Ormuz es uno de los grandes cuellos de botella del comercio mundial de petróleo y gas; su bloqueo parcial ha vuelto a disparar los precios internacionales de los combustibles. A esto se suma la guerra entre Irán y Estados Unidos, que mantiene en tensión los mercados energéticos y ha provocado subidas de hasta decenas de puntos porcentuales en el precio del petróleo y gas desde el inicio del conflicto.
Europa, que ya vivió una crisis similar con el corte del gas ruso durante la guerra de Ucrania, vuelve a verse obligada a acelerar el ahorro energético y la eficiencia en hogares y empresas. Aunque la situación de seguridad de suministro no es idéntica, el mensaje de las instituciones europeas es claro: reducir el consumo innecesario es la primera línea de defensa ante nuevas subidas y posibles restricciones.
Por qué centrarse en la calefacción y el ACS
En la mayoría de hogares con gas natural, el mayor consumo no viene de la cocina, sino de la calefacción y el agua caliente sanitaria (ACS). Distintos organismos y compañías energéticas coinciden en que ajustar la temperatura de consigna de la calefacción y del agua supone uno de los ahorros más importantes sin perder confort. Mantener la temperatura de la vivienda en invierno en torno a 19–21 °C durante el día y algo menos por la noche reduce de manera notable el gasto frente a los hogares que intentan ir “en manga corta” todo el invierno.
En paralelo, muchos expertos recomiendan ajustar el calentador de agua a una temperatura razonable (unos 45–55 °C), suficiente para el confort, pero sin sobrecalentar el agua para luego tener que mezclarla con fría, lo que desperdicia energía. Este tipo de ajustes sencillos permiten lograr ahorros acumulados significativos a lo largo de una temporada de calefacción.
Ajustes inteligentes del termostato
Uno de los errores más habituales es usar el termostato como un “acelerador” del calor: subirlo mucho cuando tenemos frío y bajarlo cuando ya estamos a gusto. Lo más eficiente, sin embargo, es trabajar con temperaturas moderadas y constantes. Diversas guías de eficiencia recomiendan situar el termostato entre 19 y 21 °C durante el día, y bajarlo a la franja 15–17 °C por la noche o cuando no hay nadie en casa.
Bajar solo 1 o 2 grados la temperatura de consigna reduce el consumo sin una pérdida notable de confort en la mayoría de hogares. Si se dispone de termostato programable, conviene crear horarios: por ejemplo, encender la calefacción poco antes de llegar a casa y apagarla o reducirla automáticamente por la noche o en horas de ausencia. Esto evita olvidos y reduce las horas de funcionamiento de la caldera sin que el usuario tenga que estar pendiente constantemente.
Aprovechar al máximo la caldera
La eficiencia de la caldera es clave en un contexto de precios altos. Las calderas de condensación modernas pueden consumir hasta alrededor de un 15–20% menos de gas que modelos atmosféricos antiguos cuando se instalan y regulan correctamente, gracias a que aprovechan el calor del vapor de agua de los humos. Cuando el aparato tiene más de 15 años, la sustitución de la caldera puede ser una inversión rentable que se recupera en pocos inviernos, especialmente si existen ayudas públicas o planes de renovación autonómicos.
Además del tipo de caldera, su uso marca la diferencia. De acuerdo a Alberto Duque, director del servicio tecnico Junkers Valencia: “mantener la presión correcta, purgar radiadores al menos una vez al año y evitar que la suciedad obstruya los quemadores ayuda a mantener el rendimiento y evita consumos extra. Las revisiones periódicas, tanto en viviendas como en instalaciones de mayor tamaño (hostelería, residencias, empresas), no solo son una obligación de seguridad, sino una herramienta directa de ahorro”, indica.
Uso responsable de la calefacción en el hogar
El primer principio de ahorro es sencillo: utilizar la calefacción solo cuando realmente hace falta y en las estancias donde de verdad se está. Cerrar radiadores y puertas en habitaciones que no se usan de manera habitual (habitaciones de invitados, pasillos, trasteros) permite concentrar el calor en los espacios vividos y reducir el volumen total a calentar.
También es importante no tapar los radiadores con muebles, fundas o ropa, ya que se dificulta la convección del aire caliente y la caldera tiene que trabajar más tiempo para alcanzar la misma temperatura ambiente. Ventilar la vivienda de forma breve e intensa —por ejemplo, abriendo bien las ventanas entre 5 y 10 minutos— es más eficiente que dejarlas entreabiertas durante largos periodos, porque se renueva el aire sin enfriar en exceso paredes y mobiliario.
Aislamiento: el “combustible invisible” que más ahorra
Un buen aislamiento convierte cada kWh de gas consumido en más confort y menos pérdidas. Sellar rendijas en marcos de puertas y ventanas con burletes o silicona, colocar cortinas gruesas y bajar persianas por la noche reduce las fugas de calor de manera notable. En edificios antiguos, pequeñas actuaciones como instalar doble ventana en las estancias más usadas o mejorar el aislamiento del cajetín de la persiana pueden marcar la diferencia en la factura de gas.
A nivel de comunidad de vecinos o empresa, la inversión en aislamiento de fachadas y cubiertas suele tener periodos de retorno atractivos cuando los precios del gas y la electricidad se mantienen elevados. Además, estos trabajos mejoran el confort en verano y reducen también el uso del aire acondicionado, lo que mitiga el impacto de la volatilidad de otros combustibles.
Agua caliente: pequeñas rutinas, gran impacto
Reducir el consumo de agua caliente es una de las maneras más directas de ahorrar gas en el hogar. Optar por duchas breves en lugar de baños, cerrar el grifo mientras nos enjabonamos o lavamos los dientes y usar modos de ahorro en grifos termostáticos ayuda a disminuir el tiempo de funcionamiento del calentador. Algunas estimaciones apuntan a ahorros apreciables cuando se sustituyen baños por duchas rápidas en todos los miembros de la familia durante el invierno.
También conviene revisar la temperatura de ajuste del calentador o caldera destinada a ACS. Mantener el agua a una temperatura moderada (sin excederse) reduce pérdidas en tuberías y evita mezclas excesivas con agua fría, algo que se traduce directamente en menos consumo de gas para lograr la misma comodidad. En viviendas de varias plantas, aislar térmicamente los tramos largos de tubería de agua caliente ayuda a retener el calor hasta el punto de consumo.
Cocina y otros usos del gas
Aunque la cocina suele representar una fracción menor del total de gas consumido, también hay margen de mejora. Utilizar tapas en las ollas, ajustar el tamaño de la llama al diámetro de la base del recipiente y aprovechar el calor residual apagando el fuego unos minutos antes de terminar la cocción son prácticas sencillas que reducen gasto. Siempre que sea posible, concentrar cocciones (por ejemplo, cocinar para varios días) permite sacar más partido al tiempo que el quemador está encendido.
En negocios intensivos en cocina, como restaurantes, revisar periódicamente quemadores y hornos de gas, evitar fugas y formar al personal en prácticas eficientes (evitar precalentar en exceso, no abrir hornos continuamente, etc.) puede suponer un ahorro importante, más aún cuando los precios del gas están inflados por tensiones geopolíticas.
Papel de las empresas y el teletrabajo
En una crisis que vuelve a tener un claro componente geopolítico, algunos organismos internacionales han insistido en el papel del teletrabajo y de la reducción de desplazamientos para ahorrar energía en sentido amplio. Aunque el impacto se nota más en combustibles de transporte, muchas empresas aprovechan para mejorar la eficiencia de sus instalaciones térmicas y de climatización, ajustando horarios de calefacción y evitando calentar oficinas vacías.
Para pymes y autónomos con local o taller, revisar la potencia térmica instalada, optimizar horarios, mejorar cierres de puertas y aislamientos básicos se traduce en una reducción de costes relativamente rápida. En sectores que dependen de procesos térmicos (lavanderías, panaderías, hostelería), los proveedores de equipos suelen ofrecer asesoramiento específico para migrar a tecnologías más eficientes o híbridas.
Mirando más allá del invierno: eficiencia y diversificación
Más allá de las medidas urgentes, la situación derivada del bloqueo de Ormuz y de la guerra en Irán refuerza una idea que ya surgió con el conflicto en Ucrania: la necesidad de que hogares y empresas reduzcan su dependencia de combustibles fósiles importados. La combinación de caldera eficiente con sistemas de apoyo renovables (por ejemplo, solar térmica o bombas de calor en ciertas condiciones) está cada vez más presente en las recomendaciones técnicas a medio plazo.
Mientras tanto, el margen de maniobra inmediato está en nuestras manos: ajustar termostatos, revisar calderas, mejorar aislamientos y adoptar hábitos de consumo responsable. En un entorno de precios del gas disparados por una crisis geopolítica, cada hogar que reduce su demanda contribuye a aliviar la presión del sistema, mejora su economía doméstica y gana resiliencia frente a nuevas sacudidas del mercado.


