Más de 35.000 tejas desmontadas y recolocadas una a una, un andamio hecho a medida para no apoyar sobre la fábrica histórica y trabajos continuos a más de 40 metros de altura. Así se ha desarrollado la restauración de la gran cúpula de las Escuelas Pías de València, una intervención patrimonial de alta complejidad que durante dos años ha implicado a restauradores, arquitectos, artesanos y especialistas en conservación histórica.
La cúpula de las Escuelas Pías de València, una intervención de alta complejidad
La cúpula de este conjunto educativo y religioso está considerada la segunda más grande de España, con casi 25 metros de diámetro y alrededor de mil metros cuadrados de superficie. Levantada en el siglo XVIII, llevaba décadas arrastrando grietas visibles, filtraciones de agua y graves problemas de humedad que amenazaban tanto su estabilidad como la conservación de los acabados cerámicos y decorativos.
El proyecto de restauración, desarrollado entre 2018 y 2025 bajo la dirección del arquitecto Luis Cortés, ha sido reconocido con el premio Europa Nostra 2026, la máxima distinción europea en conservación del patrimonio arquitectónico. Se trata de un reconocimiento reservado a intervenciones ejemplares y que hasta ahora, en España, solo habían recibido actuaciones tan emblemáticas como la Puerta de Alcalá en Madrid o el Pórtico de la Gloria en Santiago de Compostela. En la edición de este año se han premiado un total de 30 proyectos de 18 países, y la recuperación de la cúpula valenciana se sitúa entre ellos como referencia en la combinación de ingeniería, respeto histórico y artesanía.
Un edificio concebido para destacar en la ciudad
El edificio de las Escuelas Pías fue ideado en origen para convertirse en un hito urbano reconocible desde distintos puntos de València. De ahí la monumentalidad de la iglesia y el protagonismo visual de su gran cúpula azulada, que marca el perfil del casco histórico. Aunque el inmueble cuenta con tres alturas, el arzobispo Mayoral aspiraba a dotarlo de una planta más y a cubrir el interior de la cúpula con frescos del pintor José Segrelles. La muerte del prelado frenó la financiación y dejó inacabados esos ambiciosos planes, en los que también se habían implicado el conde de Carlet y Carlos IV.
Cuando la restauración se adjudicó públicamente a la empresa especializada Estudio Métodos de la Restauración (EMR), las obras estaban pensadas en un primer momento solo para la envolvente exterior, que mostraba un deterioro estructural avanzado. La presencia de grandes fisuras y asentamientos impedía recurrir a un andamiaje convencional apoyado sobre la propia cúpula sin poner en riesgo la fábrica original.
Las responsables técnicas del proyecto explican que la mayor dificultad residía precisamente en que el andamio no podía descansar sobre la cubierta histórica. La solución pasaba por idear una estructura independiente que se sostuviera únicamente en la parte inferior del tambor y se arriostrara sobre sí misma, creando un entramado rígido capaz de alcanzar la altura necesaria sin trasladar empujes a la calota.
La intervención exterior se concentró en la calota de la cúpula, la linterna superior y el tambor, gravemente afectado por movimientos del edificio y por varias grietas de gran tamaño. Para asegurar la estabilidad general se colocó un anillo metálico de refuerzo, una especie de cinturón estructural perimetral, y se actuó sobre las zonas más dañadas tanto desde el exterior como desde el interior, consolidando fábricas y cosiendo fisuras.
Más de 35.000 tejas recolocadas una a una
Uno de los trabajos más llamativos fue el desmontaje integral y posterior recolocación de la cubierta cerámica. La cúpula cuenta con unos mil metros cuadrados de superficie y supera las 35.000 tejas entre piezas de canal y de cobija, lo que obligó a organizar un minucioso proceso de retirada, clasificación y reinstalación. Cerca de 7.000 tejas tuvieron que ser sustituidas porque presentaban roturas, desprendimientos de vidriado o pérdidas de material incompatibles con una simple reparación.
Para garantizar la coherencia estética del conjunto, las nuevas tejas vidriadas se fabricaron de manera artesanal en Valencia, utilizando distintos tonos de azul para armonizar con las piezas originales y evitar contrastes que delataran las sustituciones. Al mismo tiempo, un gran número de tejas antiguas se restauraron manualmente in situ: especialistas en cerámica retocaron esmaltes, repusieron pequeños faltantes y consolidaron desperfectos uno por uno, con el objetivo de preservar al máximo la piel histórica del edificio.
Las responsables de la obra subrayan que en una intervención de este tipo no se trata solo de reparar o sustituir elementos dañados. Insisten en la necesidad de comprender los materiales originales del edificio y sus comportamientos, y de actuar con respeto tanto hacia quienes lo levantaron en el siglo XVIII como hacia las generaciones que podrán contemplarlo en el futuro. Esa mirada a largo plazo explica la elección de técnicas y materiales compatibles con la construcción histórica.
En ese sentido, el proyecto ha recuperado de forma deliberada técnicas tradicionales. Toda la restauración se ha ejecutado con morteros de cal, mucho más adecuados para edificios antiguos que los cementos que se popularizaron en las restauraciones de los años setenta y ochenta. Según señalan las responsables, la introducción masiva de cemento en esas décadas acabó resultando muy perjudicial para muchos monumentos, porque se trata de un material rígido e impermeable.
A diferencia del cemento, la cal permite que los muros respiren, facilita la evacuación de la humedad y evita la acumulación de sales en el interior de los paramentos. Esa capacidad de regulación reduce el riesgo de que la piedra y los revestimientos se fisuren o se desprendan con el paso del tiempo, y se alinea mejor con los sistemas constructivos de la época en la que se levantó la cúpula.
Del exterior al interior: giro del proyecto
La intervención dio un vuelco cuando los equipos de trabajo accedieron al interior de la cúpula para abordar las grietas desde dentro. Las inspecciones permitieron comprobar que la humedad acumulada durante años había deteriorado en profundidad los nervios estructurales próximos a la linterna, hasta el punto de generar riesgo real de desprendimientos hacia el interior del templo.
Ante ese diagnóstico, fue necesario redactar un proyecto modificado que incorporara la consolidación interior. Se levantó una gran torre de andamios en el corazón de la iglesia para alcanzar las zonas más dañadas, algunas situadas a más de 40 metros de altura. Trabajar en esa cota resultó especialmente difícil, porque la linterna estaba sellada y apenas existía ventilación, lo que provocaba una condensación constante. Quienes subían describían un ambiente de calor y humedad extremos que complicaba las tareas y obligaba a extremar las medidas de seguridad.
La recuperación funcional de la linterna permitió reabrir entradas de luz natural y mejorar la ventilación interior gracias a la incorporación de rejillas que generan un efecto chimenea, de modo que el aire caliente y la humedad encuentran una vía de escape. Esta mejora no solo contribuye al confort interior, sino que protege la propia fábrica de nuevos episodios de condensación, que a la larga podrían reactivar los problemas de deterioro.
Durante las catas arqueológicas realizadas en las pinturas interiores se localizaron restos decorativos que fueron restaurados parcialmente, respetando los fragmentos originales conservados. La intervención no solo ha devuelto estabilidad a la estructura, sino que ha recuperado detalles artísticos que ayudan a entender mejor la historia estética del templo.
La actuación en las Escuelas Pías se suma a otros trabajos desarrollados por la misma empresa en monumentos repartidos por toda España, desde la Sagrada Familia de Barcelona hasta la Catedral de Santiago, así como en murallas, castillos o acueductos históricos. Esa experiencia previa en edificios de gran complejidad ha sido clave para afrontar un proyecto donde confluyen ingeniería, artesanía y conocimiento de técnicas tradicionales.
La recuperación de los oficios artesanos
Más allá del éxito técnico, las responsables de la restauración alertan sobre un problema creciente en el sector: la desaparición progresiva de los oficios tradicionales vinculados al patrimonio. Señalan la falta de canteros, herreros o carpinteros especializados, y recuerdan que muchos de estos profesionales se jubilan sin relevo generacional. Al mismo tiempo, las escuelas-taller y buena parte de la formación artesanal han ido desapareciendo con los años.
Consideran que son precisamente esos conocimientos transmitidos de maestro a aprendiz los que permiten devolver la vida a edificios históricos como el de las Escuelas Pías. Detrás de una gran cúpula restaurada no solo hay cálculos estructurales o decisiones arquitectónicas; también hay manos expertas capaces de trabajar la piedra, el metal, la madera o la cerámica con la misma lógica con la que se levantaron los monumentos hace siglos. Sin esos oficios, advierten, cada vez sería más difícil repetir intervenciones como la que ha rescatado esta cúpula valenciana para las próximas generaciones.



