La soledad se asocia a una peor memoria en las personas mayores, pero no parece acelerar el deterioro cognitivo con el paso del tiempo. Esta es la principal conclusión de un amplio estudio europeo que siguió durante siete años a más de 10.000 personas de entre 65 y 94 años.
El trabajo, publicado en la revista especializada Aging & Mental Health y desarrollado por equipos de España, Colombia y Suecia, analizó datos de la Encuesta sobre salud, envejecimiento y jubilación en Europa (SHARE).
La muestra incluyó a 10.217 participantes de 12 países europeos, agrupados en cuatro grandes regiones: Central, Sur, Norte y Este, lo que permitió comparar perfiles y entornos muy distintos bajo un mismo marco de análisis.
Participantes de diferentes países de Europa
Entre los participantes se encontraban personas residentes en países como España, Alemania, Suecia o Eslovenia. Todos fueron sometidos a pruebas estandarizadas de memoria inmediata y diferida, es decir, la capacidad para recordar información justo después de recibirla y pasado un tiempo. Estas evaluaciones se repitieron a lo largo de siete años, lo que permitió medir no solo el punto de partida, sino también la velocidad de deterioro de la memoria.
Soledad y memoria: peor punto de partida, misma velocidad de deterioro
Los participantes que declararon altos niveles de soledad obtuvieron peores resultados en las pruebas de memoria desde el inicio del estudio. Es decir, partían de un rendimiento cognitivo más bajo que quienes afirmaban sentirse poco o nada solos. Esta relación refuerza la idea de que el sentimiento de aislamiento está estrechamente ligado a la función cerebral en la vejez.
Sin embargo, el seguimiento prolongado reveló que la velocidad con la que se deterioraba la memoria fue similar en todos los grupos, independientemente del grado de soledad declarado. Tanto quienes se situaban en los niveles altos de soledad como aquellos con niveles medios o bajos experimentaron un descenso comparable en su capacidad de recordar.
La revista que recoge el estudio resume que los datos refuerzan los fuertes vínculos entre el sentimiento de soledad y la función cerebral en las personas mayores, pero al mismo tiempo respaldan la teoría de que el aislamiento no es necesariamente un factor de riesgo directo de demencia. En otras palabras, la soledad parece relacionarse con un peor estado inicial de la memoria, pero no con una aceleración del deterioro posterior.
El autor principal del artículo, Luis Carlos Venegas-Sanabria, de la Universidad del Rosario, considera llamativo este resultado. Según destaca, el hallazgo de que la soledad afectaba significativamente a la memoria, pero no a la velocidad de su deterioro a lo largo del tiempo, fue un resultado sorprendente. A partir de este análisis, los investigadores sugieren que la soledad podría desempeñar un papel más destacado en el estado inicial de la memoria que en su deterioro progresivo.
Importancia de detectar la soledad
Para los autores, estos datos apuntan a la importancia de detectar la soledad desde las primeras etapas de la vejez. Proponen que se incluyan pruebas periódicas de detección de este sentimiento en las evaluaciones de las capacidades mentales de las personas mayores. Incorporar preguntas específicas sobre cómo se sienten en su entorno social ayudaría a identificar a quienes parten de una situación de mayor vulnerabilidad cognitiva.
Diferencias regionales y perfil de las personas más solas
El análisis por regiones mostró que los países del sur de Europa registraron los niveles más altos de soledad, con un 12 % de participantes en la categoría elevada. A continuación se situó la región oriental, con un 9 %, seguida de la central, con un 6 %, y de la septentrional, también con un 9 %. Estas diferencias sugieren que los factores culturales, sociales y económicos de cada zona pueden influir en la percepción de aislamiento en la vejez.
En conjunto, la gran mayoría de los participantes, un 92 %, declaró niveles de soledad medios o bajos al inicio del estudio. El grupo con niveles altos, que representaba el 8 %, presentaba un perfil más vulnerable: eran de mayor edad, en su mayoría mujeres, y manifestaban más problemas de salud. Además, en este grupo se observó una mayor prevalencia de depresión, hipertensión arterial y diabetes.
Las personas que se situaban en la categoría alta de soledad no solo referían peor estado de salud, sino que también obtuvieron puntuaciones más bajas en las pruebas de memoria inmediata y diferida al inicio del estudio. Es decir, su memoria ya estaba más comprometida antes de que comenzara el seguimiento, lo que refuerza la idea de que la soledad se asocia a un peor punto de partida cognitivo.
A pesar de ello, cuando se analizó la evolución a lo largo de los siete años, se observó que estas personas experimentaron un deterioro de la memoria tan rápido como el de las categorías de soledad baja y media, pero no más acelerado. La revista describe una pronunciada pendiente de empeoramiento entre las evaluaciones del tercer y el séptimo año, una caída que se reprodujo en todos los grupos de soledad.
Soledad como una condición estable
Los autores señalan además una limitación relevante de su enfoque: en este trabajo se trató la soledad como una condición estable, que no cambia con el tiempo. No obstante, recuerdan que, en la vida real, la percepción de sentirse solo puede variar en función de cambios personales o del entorno, como el estado de salud, la pérdida de seres queridos o las oportunidades de relación social. Por ello, subrayan la necesidad de seguir investigando cómo estas variaciones a lo largo de los años pueden influir en la memoria y en el deterioro cognitivo de las personas mayores.




