El geógrafo de la Universitat de València Javier Berenguer ha advertido de que el abandono rural ha convertido amplias zonas de la Comunitat Valenciana en una ‘mecha forestal ininterrumpida‘, lo que ha disparado el riesgo de incendios especialmente en la frontera entre las áreas habitadas y el monte.
Investigador del Departamento de Geografía de la Universitat de València, Berenguer está especializado en análisis territorial y riesgo. Su trabajo sobre la geografía del fuego explica por qué una misma ola de calor puede provocar consecuencias muy distintas según el tipo de territorio que encuentra a su paso.
Según detalla, las condiciones ambientales del momento, como el calor o la sequedad, juegan un papel crucial en los incendios forestales. Sin embargo, ha subrayado que ‘no son suficientes por sí solas para explicar el riesgo de incendio al completo’, porque el territorio influye de forma decisiva.
Paisaje continuo y más vulnerable
Para Berenguer, la amenaza depende también de cómo está organizado el territorio. En este sentido, señala la continuidad de la vegetación, el abandono agrícola, la acumulación de biomasa, la presencia de viviendas dispersas y la accesibilidad para los equipos de extinción como factores clave que pueden agravar un fuego.
‘El calor enciende la mecha. La geografía decide si esa mecha recorre dos metros o dos mil hectáreas’, afirma. Sobre el territorio valenciano, precisa que el abandono progresivo de numerosos cultivos ‘ha ocasionado la colonización progresiva de las parcelas por matorrales y arbolado, conectándolas con las masas forestales próximas’.
A su juicio, ‘donde antes había bancales, huertos y caminos transitados —una alternancia de usos que interrumpía el avance del fuego— hoy hay una superficie homogénea y continua’. En la serie de trabajos que desarrolla, a este tipo de paisaje se le denomina ‘mecha forestal ininterrumpida: capaz de conducir el fuego durante kilómetros sin que nada lo frene’.
El geógrafo matiza que no se puede ‘hablar de una causalidad automática y directa entre la despoblación y los grandes incendios modernos’. Explica que ‘el éxodo rural retira a quienes mantenían el territorio abierto, lo que deja más biomasa acumulada y menos vigilancia local, pero la severidad final depende también de la meteorología, la topografía y la gestión forestal’. Resume que ‘la despoblación no provoca directamente los incendios, pero sí puede generar territorios más vulnerables a ellos’.
Frente a este escenario, Berenguer plantea que el cambio en el uso del suelo ha elevado la exposición al fuego de muchas zonas del interior valenciano. Donde antes había más actividad agraria y caminos cuidados, ahora predominan matorrales y masas forestales continuas que favorecen fuegos más rápidos, intensos y difíciles de controlar.
El escudo verde del mosaico paisajístico
Como alternativa a ese paisaje homogéneo, la geografía del fuego que desarrolla Berenguer defiende el llamado mosaico paisajístico. Este modelo se basa en ‘un territorio compuesto por diversos usos y coberturas —cultivos, pastos, bosques, matorrales, núcleos habitados y espacios abiertos— distribuidos de manera heterogénea’.
Esa diversidad, explica, ‘introduce discontinuidades en el combustible disponible, lo que reduce la velocidad y la intensidad con la que el fuego puede propagarse’. Un bancal cultivado, un pasto o un camino mantenido actúan, en sus palabras, ‘como un cortafuegos vivo: la actividad rural sostenida no es un anexo del paisaje, es infraestructura de protección civil’.
No obstante, aclara que ‘esto no significa que el monte deba quedar limpio’. Para él, ‘uno de los mitos que más urge desmontar es precisamente ese: hay diferencias entre eliminar vegetación y gestionar la vegetación’. Subraya también ‘el otro bulo recurrente, que los incendios se provocan para recalificar y urbanizar terrenos quemados’, que considera ‘una explicación fácil, sencilla, rápida y simple para un problema mucho más complejo’.
En la Comunitat Valenciana, advierte Berenguer, la frontera entre las zonas habitadas y el monte se ha vuelto especialmente difusa por la proliferación de urbanizaciones dentro del bosque. Esto ha generado más puntos de contacto directo entre viviendas, infraestructuras y vegetación inflamable.
‘Aquí las viviendas, las infraestructuras y la vegetación combustible interactúan muy próximas entre sí. El problema no es solo que el fuego alcance más viviendas. Su sola presencia obliga a priorizar la protección de personas y bienes’, añade. Según explica, esa prioridad ‘puede limitar las operaciones directas de extinción del frente real del incendio’, al desviar recursos hacia la defensa inmediata de las zonas habitadas.
Responsabilidad ciudadana y planificación a lo largo del año
El investigador recuerda además que muchos incendios están relacionados con comportamientos cotidianos ‘aparentemente menores’. Cita como ejemplos ‘una colilla mal apagada, maquinaria que produce chispas, un vehículo aparcado sobre hierba seca, una barbacoa en lugar no autorizado’.
Por ello, considera ‘importante que absolutamente todo el mundo respete las restricciones en jornadas de riesgo extremo y conozca las vías de evacuación’. La implicación ciudadana, sostiene, resulta esencial para reducir el número de igniciones y facilitar la gestión de las emergencias.
Para Berenguer, el reto final es también una cuestión de calendario. ‘Debemos dejar de tratar los incendios como acontecimientos exclusivamente estivales’, sostiene. Avisa de que el riesgo no se limita a los meses de verano y que centrar la atención solo en ese periodo deja sin abordar parte del problema.
En su opinión, el invierno y la primavera son ‘los periodos perfectos para gestionar la vegetación, mantener caminos, revisar planes de evacuación, formar a la población’. A todo ello suma ‘una tarea pendiente: incorporar el riesgo de incendio a la planificación urbanística de manera clara, evidente y vinculante, en lugar de descubrirlo cuando ya arde’.
El enfoque que plantea el geógrafo apunta a intervenir antes de que llegue la temporada crítica. Así, propone aprovechar los meses más frescos para reducir combustible, preparar accesos y diseñar urbanizaciones que tengan en cuenta el fuego, de modo que el verano encuentre un territorio menos inflamable y más preparado ante posibles emergencias.







