El Museo Carmen Thyssen de Málaga ha inaugurado una exposición temporal que reivindica a Julio González como pintor y dibujante, más allá de su faceta como gran escultor del siglo XX, coincidiendo con el 150 aniversario de su nacimiento en Barcelona.
La muestra reúne obras procedentes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y se centra en su producción pictórica y gráfica. Incluye once pinturas, catorce dibujos y una escultura de bronce, y permanecerá instalada en la Sala Noble de la pinacoteca malagueña hasta el 17 de enero de 2027.
La directora artística del museo, Lourdes Moreno, ha subrayado que la obra escultórica de Julio González, gran parte de la cual se conserva en el IVAM de València, se puede situar al nivel de Brancusi, Calder o Jean Arp. Según ha destacado, incluso se le puede considerar ‘el primero que abre la puerta a la abstracción y al cambio de materiales en la escultura moderna’.
Tres etapas en la evolución pictórica
La exposición se articula en torno a tres etapas de la producción pictórica de González, que permiten seguir la evolución de su lenguaje visual y entender su relación con la escultura.
La primera fase llega hasta el final de la Primera Guerra Mundial y se corresponde con los años en que el artista ha viajado a París con la intención de triunfar como pintor. En este periodo, sus cuadros muestran una fuerte influencia del simbolismo francés, tanto en los temas como en la atmósfera de las composiciones.
La segunda etapa abarca los años entre 1918 y 1930. En ese momento, González recibe la influencia del ‘Noucentisme’ catalán. Las protagonistas de muchas de sus obras son mujeres que, según ha explicado Moreno, ‘suelen ser mujeres que representan las raíces, lo mediterráneo y la tierra‘. Estas figuras femeninas funcionan como metáforas de un mundo íntimo ligado al origen y al paisaje.
La tercera etapa comienza en la década de 1930, cuando la pintura y el dibujo se han convertido en algo subsidiario de su trabajo como escultor. A partir de entonces, estas disciplinas se integran en su proceso creativo como herramientas de investigación formal, más que como un fin autónomo.
Colaboración decisiva con Picasso
Julio González provenía de una familia de orfebres, lo que le llevó a trabajar también la joyería, a menudo con materiales poco habituales. Esa formación artesanal marcó su relación con la materia y su posterior salto a la escultura.
Su llegada definitiva a la escultura se ha producido, de manera decisiva, de la mano de Pablo Picasso. ‘En 1927, a Picasso le encargan un monumento a Apollinaire y llama a Julio González, pese a que este era considerado en ese momento más pintor que escultor’, ha recordado Moreno.
Antes de esa colaboración, González había trabajado en los talleres de la fábrica de automóviles Renault, en Francia, donde conoció la soldadura autógena. Esa experiencia técnica resultó clave. ‘Picasso pensó que crear una escultura de la nada, del vacío, sería maravilloso, y la producción de ambos se considera la génesis de la escultura contemporánea’, ha destacado la directora artística.
El monumento a Apollinaire ideado por Picasso y González nunca llegó a instalarse sobre la tumba del poeta, ‘porque nadie lo entendió’, según ha señalado Moreno. Sin embargo, ese proyecto abrió definitivamente los ojos del artista barcelonés, que desde entonces se ha centrado en la escultura y ha desarrollado un lenguaje propio.
Dibujar en el aire, una escultura única
Pese a esa dedicación a la escultura, Julio González nunca ha abandonado mentalmente el territorio del dibujo. De hecho, él mismo definía sus esculturas como una forma de trazar líneas en el vacío.
‘Julio González, incluso en su etapa de escultor, siempre definió su escultura como dibujar en el aire. Es decir, mentalmente él mismo siempre estuvo vinculado a esa disciplina, aunque estuviese expresándose en otra, que es por la que ha pasado de forma más rotunda a la historia del arte’, ha explicado Moreno.
Como ejemplo de esa concepción, la exposición del Museo Carmen Thyssen de Málaga incluye la escultura de bronce ‘Dafne’ (1937). Según ha indicado la directora artística, esta pieza ‘termina explicando lo que para él era dibujar en el aire y crear dibujos distintos con una materialidad diferente’. En ella, las líneas de metal describen formas abiertas que parecen flotar, como si fueran trazos suspendidos.
En la obra de González hay una fuerte presencia del cubismo. Además, el expresionismo y la abstracción han intentado adscribirlo a sus corrientes. Sin embargo, Moreno ha insistido en que ‘él siempre fue Julio González y nunca estuvo de esos movimientos’.
Por esa razón, resulta difícil encasillar al artista en una única tendencia. González ‘no es explicable en ninguno de esos movimientos, porque al mismo tiempo estuvo en todos y se relacionó con todos, y eso hace también que se quedara en una especie de territorio de nadie’, ha apuntado la directora.
La exposición del Museo Carmen Thyssen de Málaga ofrece así una oportunidad de redescubrir a Julio González en toda su complejidad. El recorrido permite ver cómo su pintura y su dibujo dialogan con la escultura, y cómo su idea de ‘dibujar en el aire’ se extiende a distintos soportes y materiales, desde el lienzo hasta el bronce.


