Los eclipses solares de los siglos XIX y XX han impulsado grandes colaboraciones científicas internacionales y han servido como vía de acercamiento político entre países, según ha destacado el catedrático de Historia de la Ciencia de la Universitat de València (UV) Pedro Ruiz-Castell, que ha estudiado el papel de estos fenómenos astronómicos y su impacto en España.
A su juicio, desde la segunda mitad del siglo XIX los eclipses han generado una auténtica cultura expedicionaria. Cada gran evento ha movilizado telescopios, equipos y financiación para organizar observaciones coordinadas en distintos puntos del planeta. Estas campañas se han basado en proyectos transnacionales, planificados con antelación y con objetivos científicos consensuados entre instituciones de varios países.
El próximo eclipse solar del 12 de agosto se inscribe en esta misma tradición. Volverá a concentrar la atención de la comunidad científica y del público, con observaciones desde diferentes lugares y una fuerte presencia de medios técnicos. Para Ruiz-Castell, este tipo de citas recuerdan una larga historia en la que la ciencia y la política han ido de la mano alrededor de los eclipses.
Diplomacia científica en tiempos de conflicto
El investigador ha subrayado que, durante la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, la astronomía ha funcionado como un canal de ‘diplomacia científica’. España mantenía entonces, ha señalado, una posición ‘incómoda’ en el tablero internacional. En ese contexto, los contactos políticos se habían cerrado o eran muy limitados, pero las relaciones científicas han permitido mantener vínculos con otros países.
Según Ruiz-Castell, las expediciones y proyectos vinculados a eclipses han ofrecido un terreno neutral para colaborar. Gracias a ello, se han organizado viajes, intercambio de datos y reuniones técnicas incluso en momentos de tensión diplomática. De esta forma, la astronomía ha actuado como un instrumento discreto para sostener la presencia española en foros científicos globales.
La Comunitat Valenciana ha tenido un papel destacado en esta historia. Algunos de los hitos científicos y políticos vinculados a eclipses han ocurrido en territorio valenciano o han estado protagonizados por investigadores formados en la Universitat de València.
Primeras expediciones y descubrimiento del helio
Uno de los episodios pioneros se remonta a 1860, cuando una expedición científica italiana, dirigida por Angelo Secchi, ha observado un eclipse solar desde el Desierto de las Palmas, en Castellón. Durante aquella campaña se han tomado unas fotografías de la corona solar que han tenido una gran repercusión internacional.
El autor material de esas imágenes ha sido el catedrático de química de la Universitat de València José Montserrat i Riutort. Su participación ha situado a la institución valenciana dentro de las redes científicas europeas que se estaban tejiendo alrededor de la observación de eclipses.
En el eclipse de 1868 se ha detectado por primera vez una línea espectral hasta entonces desconocida en la Tierra, correspondiente al helio. Este hallazgo ha marcado un antes y un después en la espectroscopia y en el estudio de la composición del Sol. A partir de entonces, los eclipses se han consolidado como laboratorios naturales para investigar la física solar.
Ya en el siglo XX, los eclipses de 1900 y 1905 han atraído a España a figuras de referencia como Camille Flammarion, uno de los grandes divulgadores de la astronomía, y a Pierre Jules Janssen, descubridor del helio en 1868. Ruiz-Castell considera que esos eventos han supuesto ‘un punto de inflexión para el desarrollo de la disciplina en la España de principios del siglo XX: nuevas técnicas, más apoyo institucional y la creación de nuevos observatorios astronómicos’.
Huella valenciana en la astronomía de eclipses
El eclipse de 1900 también ha dejado una huella artística en la Comunitat Valenciana. El artista valenciano Francisco Pallás i Puig ha diseñado en bronce una moneda conmemorativa de aquel fenómeno, como homenaje a Flammarion. El astrónomo francés ha observado el eclipse desde el Huerto del Cura, en Elche (Alicante), lo que ha reforzado el vínculo entre la divulgación científica y el territorio.
Ruiz-Castell destaca que esa observación ha abierto ‘un periodo que actuó como palanca de cambio’. Los eclipses de 1952, 1954 y 1959 han seguido esa misma línea y se han empleado como herramientas para impulsar un cambio de actitud de la comunidad internacional hacia España. Cada nueva campaña ha reforzado las capacidades técnicas y organizativas de los astrónomos españoles.
La efervescencia científica de principios del siglo XX también ha dejado su marca en la Comunitat Valenciana a través de los hermanos Tarazona. Antonio Tarazona ha calculado el mapa de la sombra de totalidad del eclipse de 1905, un trabajo clave para planificar observaciones precisas. Su hermano menor, Ignacio, le ha acompañado en la expedición de 1900 a Plasencia.
‘Las relaciones que tuvo Ignacio Tarazona en el eclipse de 1900 fueron muy valiosas para acabar instalando los observatorios de las universidades de Barcelona y València’, ha explicado Ruiz-Castell. Esos contactos han facilitado acuerdos, apoyos y decisiones institucionales que han hecho posible levantar nuevas infraestructuras científicas.
Fruto de ese impulso, en 1910 se ha creado el observatorio astronómico de la Universitat de València. Se ha dotado con un telescopio ecuatorial de la firma irlandesa Grubb, instalado inicialmente en el edificio de la calle de la Nau, donde se impartían entonces los estudios de Ciencias. Tras un incendio, el observatorio se ha trasladado a la actual sede del Rectorado.
Los eclipses de la posguerra y el Observatorio del Teide
El primer gran episodio de la posguerra ha llegado en 1952, cuando la sombra de totalidad de un eclipse solar ha atravesado la Guinea Española. Para Ruiz-Castell, en aquel momento se ha percibido ‘como una obligación nacional el movilizar la colonia española y enviar astrónomos allí para que observaran y pudieran hacer ver a la comunidad científica que había capacidad de movilizar aquellos territorios’.
Esta estrategia ha buscado mostrar organización, recursos y presencia científica en un territorio colonial bajo administración española. La expedición ha servido también para reforzar la imagen de España ante instituciones y revistas especializadas, en un periodo en el que el país intentaba romper su aislamiento internacional.
El siguiente hito ha llegado con la exportación de conocimiento. El astrónomo José María Torroja ha desarrollado un método propio para determinar con gran precisión los contactos de un eclipse. Ha probado su técnica en 1952 y la ha perfeccionado en 1954, durante una expedición a Suecia, en la isla de Sydkoster. Ese trabajo ha sido reconocido por la literatura científica internacional y ha consolidado la aportación española en este campo.
El tercer gran episodio se ha producido en 1959, con una movilización aún mayor y el respaldo explícito de la Unión Astronómica Internacional. Esa campaña ha cristalizado en la creación del Observatorio Astronómico del Teide, que se ha convertido con el tiempo en una de las instalaciones clave para la astronomía y la astrofísica españolas.
En la actualidad, se está desarrollando un ciclo de tres eclipses observables en tres años consecutivos. Sobre este periodo, Ruiz-Castell ha afirmado: ‘Sin perspectiva histórica es muy difícil valorarlo’. Sin embargo, apunta a un cambio de fondo. A su juicio, ‘la astronomía española está hoy perfectamente integrada, y observatorios como el del Teide sitúan a la astronomía y la astrofísica españolas en primera línea internacional’.
Para el catedrático, esta integración es heredera directa de las redes y proyectos construidos en torno a los grandes eclipses desde el siglo XIX. Cada expedición, cada colaboración y cada nuevo observatorio han reforzado una estructura científica que hoy permite a España participar en igualdad de condiciones en los grandes proyectos internacionales.








