Dos expertos han alertado en València de que la expansión de la inteligencia artificial puede aumentar la desigualdad si sus beneficios no llegan al conjunto de la población. Además, han reclamado un papel activo del sector público para facilitar un acceso más amplio a esta tecnología, reforzar la formación y limitar los riesgos derivados de la concentración empresarial.
El catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Juan Gabriel Rodríguez y la directora de Competencia de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), Susana Campuzano, han analizado estas cuestiones en el segundo diálogo del ciclo ‘La revolución de la IA: dimensiones sociales y económicas’, organizado por la Fundació Ernest Lluch y el Ivie.
Rodríguez ha explicado que los primeros datos disponibles apuntan a un aumento del 10% del índice GINI, que mide la desigualdad, debido a la irrupción de la inteligencia artificial. A este efecto se sumaría otro incremento del 21% relacionado con la automatización derivada de las nuevas tecnologías. El impacto social de la IA forma parte de un debate cada vez más presente en València, donde otros especialistas también han abordado el futuro responsable de la inteligencia artificial.
El economista considera que estas tendencias deben impulsar medidas que conviertan la IA en una herramienta complementaria y accesible. También ha reclamado una mayor transparencia en la transferencia de información, la posibilidad de auditar los algoritmos y mecanismos para exigir responsabilidades cuando se produzcan errores.
Riesgos para la competencia y concentración empresarial
Por su parte, Susana Campuzano ha destacado la capacidad de la IA para mejorar la productividad empresarial. Sin embargo, también ha advertido de las consecuencias que puede tener la elevada concentración del mercado, las barreras de entrada y los efectos de red sobre las empresas de menor tamaño.
Según ha explicado, las grandes compañías digitales pueden favorecer sus propias aplicaciones o reducir las alternativas disponibles para los usuarios. Además, pueden adquirir pequeñas empresas innovadoras antes de que lleguen a convertirse en competidores relevantes, una práctica conocida como killer acquisitions.
Campuzano también ha señalado como riesgo potencial la denominada colusión algorítmica. Este fenómeno se produciría si diferentes algoritmos llegaran a coordinar precios, repartirse mercados o limitar la competencia sin que exista un acuerdo humano convencional. La directora de Competencia ha precisado que hasta ahora no se ha denunciado ningún caso.
Rodríguez también ha relacionado la desigualdad con el poder creciente de las empresas situadas en la frontera tecnológica. Según los datos expuestos durante el encuentro, las compañías líderes en tecnología redujeron costes y elevaron sus márgenes hasta un 36% entre 1980 y 2016.
A su juicio, este escenario hace que la empresa en la que trabaja una persona tenga cada vez más peso en sus ingresos, incluso entre profesionales con niveles similares de formación. Las compañías más avanzadas pueden ofrecer salarios superiores y concentrar una parte creciente de los beneficios.
El encuentro forma parte del ciclo de Diálogos Ivie-Fundació Ernest Lluch sobre la revolución de la IA, que analiza durante varias sesiones los efectos económicos, laborales, sociales y éticos de esta tecnología.
La formación, clave para evitar nuevas desigualdades
Los dos especialistas también han advertido de posibles brechas territoriales. Estados Unidos y China parten con ventaja en el desarrollo de la inteligencia artificial, mientras Europa cuenta con menos inversión privada y grandes compañías digitales, además de una mayor dependencia de proveedores extranjeros de servicios en la nube.
Rodríguez ha señalado, no obstante, que Europa se encuentra más avanzada en materia regulatoria. También ha advertido de que la capacidad para atraer talento puede acabar generando diferencias entre comunidades autónomas españolas, aunque esas distancias todavía no sean apreciables.
La formación aparece como otro de los elementos decisivos. Los participantes han defendido tanto una mejora de la formación inicial como el reciclaje profesional de quienes ya se encuentran trabajando. Las personas con más conocimientos y competencias parten con ventaja para aprovechar las posibilidades que ofrece la IA.
Entre los colectivos que requieren una atención especial han citado a las personas mayores, que pueden encontrar mayores dificultades para adaptarse a la velocidad de los cambios tecnológicos. También han advertido de los efectos sobre los jóvenes que buscan su primer empleo, ya que algunas tareas iniciales utilizadas tradicionalmente para adquirir experiencia pueden ser sustituidas mediante inteligencia artificial.
Los expertos han apuntado igualmente que las mujeres presentan una mayor exposición a esta tecnología en determinados estudios. Sin embargo, por las características de los puestos que ocupan, también pueden beneficiarse especialmente de su capacidad para complementar el trabajo humano.
Pese a los riesgos señalados, ambos participantes han cerrado el debate con una visión favorable sobre las posibilidades de la IA. Campuzano ha puesto como ejemplo el uso de herramientas de inteligencia artificial por parte de la CNMC para detectar conductas contrarias a la competencia y facilitar posteriormente su investigación.
Rodríguez ha defendido que la actuación pública y la formación pueden contrarrestar las tendencias de desigualdad observadas. En ese escenario, la inteligencia artificial podría convertirse en una herramienta complementaria capaz de mejorar la productividad y el bienestar sin ampliar las diferencias económicas y sociales.

