La nueva generación de arquitectas redefine cómo queremos vivir: hogares flexibles, mixtos y menos especulativos

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Tres jóvenes arquitectas proponen viviendas flexibles, mixtas y menos especulativas, que reutilizan estructuras existentes y priorizan la vida en comunidad. Defienden cambiar el modelo actual para adaptarlo a una sociedad diversa y reducir la presión del mercado.

Tres arquitectas de una nueva generación han presentado propuestas que cambian el modelo de vivienda tradicional hacia hogares flexibles, mixtos y menos especulativos. Plantean reutilizar estructuras existentes, integrar trabajo y vida cotidiana y adaptar los espacios a una sociedad diversa, con el objetivo de responder a la actual crisis de acceso a la vivienda.

Estas profesionales coinciden en que la arquitectura tiene mucho que aportar para superar la crisis del modelo residencial. Defienden que la vivienda debe dejar de ser solo un producto económico y convertirse en un soporte cambiante para distintas formas de vida, trabajo y relación social.

Un tapiz arquitectónico que cose fracturas urbanas

Amanda Luisa Koivisto, de 29 años, ha desarrollado el proyecto ‘Made in Villaverde’ como trabajo de fin de máster en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). Su propuesta se centra en la rehabilitación y ampliación de la nave del Grupo Samar, antigua nave mecánica de Boetticher y Navarro, en el distrito madrileño de Villaverde.

El proyecto respeta la estructura existente y las cubiertas en dientes de sierra, muy características de la arquitectura industrial. Sobre esa base, Koivisto ha diseñado un centro de investigación y desarrollo de tecnologías verdes, una torre de viviendas y una red de espacios comunitarios al aire libre.

La arquitecta explica que su propuesta ‘integra producción, investigación, residencia y vida cotidiana en un mismo ecosistema urbano’, que a su vez ‘cose las fracturas’ creadas por las infraestructuras industriales y de transporte que han fragmentado Villaverde. Su idea es que este modelo pueda aplicarse en otros barrios periféricos y facilite desplazamientos a pie, en bicicleta u otros medios sostenibles.

Las viviendas se concentran en una torre de entre 40 y 50 plantas. Cada nivel incluye dos unidades residenciales organizadas alrededor de un núcleo central. Este núcleo puede usarse de forma compartida o independiente según el momento vital y el grado de privacidad que se necesite.

Las unidades se combinan y permiten, según Koivisto, ‘respuestas infinitas’ de configuración en función del tipo de familia, el momento del día o las etapas de la vida. La arquitecta considera que el hogar ha incorporado nuevas funciones, como el teletrabajo o el ocio doméstico, pero la oferta inmobiliaria continúa dominada por pisos pequeños y rígidos.

Koivisto, que ha crecido en Finlandia rodeada de bosque, defiende una arquitectura que incorpore la biodiversidad y genere un hábitat compartido entre personas, flora y fauna. En su proyecto reserva espacios específicos para la anidación de aves y la presencia de naturaleza en altura.

Un sistema modular que se desplaza según la estación

Paula Grande Blázquez, de 24 años, ha vivido su adolescencia marcada por el confinamiento y ha terminado su formación en plena crisis de vivienda. Su trabajo de fin de máster en la UPM, titulado ‘Hábitat Productivo’, transforma el antiguo Acuartelamiento Aéreo (ACAR) de Getafe, en Madrid, en un sistema residencial capaz de evolucionar con sus ocupantes.

La propuesta parte de que la vivienda no es una organización fija, sino una suma de tres piezas: la célula privada, el espacio intermedio sin usos predefinidos y la agrupación residencial. Cada célula funciona como unidad mínima para descanso, aseo, cocina y estancia.

Sin embargo, la vivienda no se define por cerrar por completo estas células, como sucede en los pisos convencionales. Se define por su relación abierta y flexible con el espacio intermedio y con la agrupación residencial, que pueden crecer o reducirse según las necesidades.

El sistema se organiza mediante módulos que pueden desplazarse dentro de la estructura principal del edificio gracias a raíles. De este modo, los residentes pueden ajustar o ampliar la configuración de sus espacios sin grandes obras, adaptándolos a cambios familiares o laborales.

Este desplazamiento también actúa como herramienta climática. En verano, los módulos pueden moverse hacia la fachada norte para reducir la exposición al sol. En invierno, se desplazan hacia la fachada sur para aprovechar mejor la radiación solar y mejorar el confort térmico.

Grande Blázquez defiende la reutilización de estructuras existentes frente ‘al gesto de tirar todo lo que hay, como un borrón’. Además, ha buscado crear un entorno que genere actividad económica y reduzca los largos desplazamientos diarios entre residencia y trabajo.

Industrialización, más vivienda pública y modelos cooperativos

La valenciana Carolina Martín, de 35 años, está especializada en vivienda tras un máster y una beca Marie Curie de la Unión Europea. Sostiene que los arquitectos deben asumir un papel más activo ante la crisis, no solo desde la técnica, sino también desde la esfera social y política.

Entre sus propuestas destaca la apuesta por la construcción industrializada. Este sistema permite reducir costes, acortar plazos de ejecución y minimizar residuos. Sin embargo, Martín advierte de que esto no debe suponer, en sus palabras, ‘caer en la estandarización de las viviendas’, que tienen que ser ‘flexibles y adaptables’.

La arquitecta cuestiona que se siga construyendo pensando en un modelo familiar tradicional, cuando la realidad social es cada vez más diversa. Plantea diseños que puedan adaptarse a personas solas, familias monoparentales, parejas sin hijos o personas mayores, y que se transformen con el tiempo sin reformas complejas.

Martín comparte con las arquitectas más jóvenes el interés por fórmulas como el ‘cohousing’ y las cooperativas de vivienda. Estos modelos reducen el espacio estrictamente privado y amplían las áreas compartidas, con servicios y equipamientos comunes para la comunidad.

Sin embargo, advierte de un uso interesado de estas ideas por parte de ciertas promotoras inmobiliarias. Según afirma, algunas las aplican solo para reducir la superficie de las viviendas y aumentar la rentabilidad, sin una verdadera apuesta por la vida en comunidad.

Para afrontar la crisis residencial, Martín considera prioritaria la ampliación del parque público de vivienda ‘asequible y permanente’. Propone la creación de una Agencia Nacional de Vivienda Industrializada que se marque como objetivo ‘aumentar el stock de vivienda asequible protegida hasta un 10 % en los próximos diez años’.

La arquitecta insiste en que es necesario dejar de entender la vivienda únicamente como una inversión económica. Señala que los alquileres protegidos a largo plazo permiten ofrecer estabilidad residencial y limitar la especulación, y cita como referencia países donde estos modelos han tenido continuidad.

Las ideas de Koivisto, Grande Blázquez y Martín convergen en un cambio profundo de paradigma: reutilizar lo ya construido, integrar usos productivos y residenciales, introducir criterios ambientales y asumir que los hogares del futuro serán flexibles, cambiantes y pensados para una sociedad diversa.


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